jueves, 1 de julio de 2010

Sabores, personas, e historias.



En las últimas semanas he vivido una de esas experiencias que hacen que te cruces con varias personas que tuvieron su papel en tu vida y que han sido desplazadas, o simplemente fueron despedidas de forma fulminante. El tiempo, esa entelequia, que a mí nunca me ha gustado, tiene la cualidad de atemperar, de hacer del olvido una forma de defensa, pero más allá de los sentimientos que se difuminan y se desdibujan subyace un regusto, el sabor de la historia, que resulta imposible de borrar y que te hará repetir esquemas pasados.

Las veletas, que son capaces de decir una cosa y la contraria en apenas semanas (días, horas...), en su intensidad dejan un sabor a hiel, difícilmente olvidable, y en la tentación que tienen por quedar bien con todo el mundo olvidan que ellos mismos plantaron cierta amargura que vuelve a ser el sabor dominante cuando sabes algo de ellos. Sin eximir la responsabilidad propia, esas personas que se ganaron la fama de inmaduras, de cambiantes, mutables y que no son bienvenidas, deberían no mandar mensajes improductivos porque la respuesta siempre será la misma, la no respuesta.

Los que un día fueron algo intenso y fueron despedidos, a los que te cruzas cuando deambulas por sitios a los que no vuelves con frecuencia, tienen un sabor más cercano a un chicle sin sabor, los ves masticas las palabras, te comunicas con ellos, y te das media vuelta sin mucho entusiasmo por volverlos a tenerlos delante.

Caso aparte son esas personas que por una razón u otra dejaron un intenso sabor a podrido, sin haber llegado a ser ellos nada más que amigos. A menudo me cruzo por los pasillos de la escuela con uno de esos individuos, altivo en su impostura, y con una maldad desbordante sólo igualable a su falta de capacidad inventiva para sus proyectos, justo lo que le sobra para la invención y atribución de historias irreales a otros.

Los viejos conocidos, esos que ocuparon un lugar predominante en tu vida durante más de un año, son diferentes, a veces los das por invisibles, y los colocas en lugares lejanos, casi tan lejanos como los que ocupan en tu mente, perdidos en cajones cerrados, llenos de polvo y cuya cerradura has perdido. Un día te los encuentras, los saludas, el cajón se abre, sale el polvo, y te parece que lo que ves, que quien te habla es alguien muy distinto a las esencias que allí habías guardado. Con sorpresa sigues la conversación, cada vez más convencido de que quien está en frente no es quien te gustó, y se da media vuelta, y cierras el cajón, y vuelves a perder la llave, y el recuerdo es como un recuerdo expoliado, pero prueba de que era una historia acabada. Aquí el sabor es desconcertante y refrescante.

Sabores, personas, e historias.


3 comentarios:

Anónimo dijo...

Dardos, dardos...


:)

Anónimo dijo...

Dardos, dardos...



:)

Anónimo dijo...

Dardos, dardos...


:)