miércoles, 1 de julio de 2009

Un odio con amor.

Es intrigante el porqué surgen muchas veces esos sentimientos contrapuestos que no se sabe de dónde salen, porqué cruzan nuestras mentes, que son los causantes de que un día apetezca mucho ver a alguien y al siguiente nos den ganas de enviarlo al cajón de esos recuerdos que ocupan las historias pasadas y fracasadas u olvidadas. Seguramente entre las razones de tal mezcla está la incapacidad de nosotros mismos para tratar con los fantasmas propios, con aquello que no sabemos resolver que nos resulta incómodo y nos recuerda a sentimientos que no sabemos definir. Tal vez, también nos habituamos demasiado a sentir como cercano aquello que no cuidamos lo suficiente y en un momento desaparece.

El dar por garantizado algo suele ser un error, y es algo que se acaba pagando a un precio alto. La infinidad de elementos circunstanciales que hacen que nos acerquemos a una persona se difuminan cuando el alejamiento surge desde esa cercanía que un día pareció imborrable. Los senderos se pierden y de repente nos despertamos en un laberinto que antes nos pareció fácil de descubrir y en el que ahora simplemente vagamos, perdidos usando una voz lejana que ni siquiera es capaz de conectar de forma directa con quien aguarda al final del intrincado recorrido. En ese momento las dos partes suelen estar igual de perdidas, y lo que resulta comprensible a un lado no lo es al otro y viceversa, ¿es ése el final?


Esos laberintos que son frecuentemente de palabras, creadas por nosotros mismos, que nos envuelven, nos protegen y no dudan en aniquilar a quien descubre nuestros secretos de forma furtiva. Porque es ese carácter furtivo el que nos sorprende, el que nos descoloca y activa los mecanismos de defensa.
Asumiendo el estar perdido en el laberinto de mis propias palabras o de las de otros, y antes de que el tiempo acabe creando un monstruo que me destruya dentro de esas palabras, la solución pasa por convertirse. Antes de preguntarnos el porqué las cosas acaban casi siempre terminando, es mejor reconvertir ese término de final que supone un cambio de estado más que el fin entendido como tal. A veces las decisiones que tomamos no son entendidas, parecen una especie de complot contra alguien, una negación absoluta de cualquier propuesta y nuestras palabras dan un abrazo al ‘no’.

Pero en lugar de ver en ello una ofensa, es mejor el preguntarnos el porqué, ¿qué espera alguien de nosotros? ¿qué esperamos nosotros de ellos? ¿ a dónde vamos? Las respuestas nunca están en lugares perdidos sino dentro de nosotros, por mucho que nos cueste verlas, preguntémonos y con la respuesta atrapada sólo queda intentarlo sin conspiraciones fantasmales.
Así que este odio con amor va dedicado a esa A que no sé si aveces me lee y con la que a veces me paso.

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